La marca de la gorra.
La tarde arrastraba las hojas amarillas y muertas de los liquidámbares con un viento frío y constante. El sol se escurría de costado entre los edificios, con algunos claros geométricos y angostos; breves pausas del frío. Caminamos por toda Recoleta apretando las camperas contra nuestros cuerpos metiendo las manos en los bolsillos, para resguardar nuestro calor mientras buscábamos una cafetería. Nos chocábamos esporádicamente en nuestro vago caminar, sin despegar nuestros brazos del calor de la ropa. Ignoramos Starbucks adrede; ella me dijo que digan lo que digan, ahí no sirven café. Lo dijo con una convicción intimidante. También tomó la decisión endeble de ir a una cafetería típica de gente vieja, "una que parezca de barrio". Me causó mucha ternura ese despliegue desmedido de ingenuidad, mas cuando eligió un restaurante grande y ostentoso para la merienda, consolidando su inconsecuencia con una sonrisa medio escondida en su pelo castaño, arrojado a la tibieza de su cara por el viento frío.
Entramos, fuimos a la mesa mas recóndita del gran lugar. Sin darnos cuenta terminamos cerca del baño. Ella se dejó caer con mucha agilidad sobre una silla, al pie de una mesa para dos, afianzando la elección del lugar. Nos dieron las cartas y antes de que yo pudiera siquiera mirar la carta ella estaba llamando al servicio, para pedir café con leche. Terminé pidiendo té con leche, acorralado por el mozo.
Me preguntó por qué no había elegido café, le dije que no había mirado bien la carta.
Entramos, fuimos a la mesa mas recóndita del gran lugar. Sin darnos cuenta terminamos cerca del baño. Ella se dejó caer con mucha agilidad sobre una silla, al pie de una mesa para dos, afianzando la elección del lugar. Nos dieron las cartas y antes de que yo pudiera siquiera mirar la carta ella estaba llamando al servicio, para pedir café con leche. Terminé pidiendo té con leche, acorralado por el mozo.
Me preguntó por qué no había elegido café, le dije que no había mirado bien la carta.
Nos reímos un rato de la injusta distribución de las tostadas que impartí, en principio cegado por el hambre. Siempre me sentí incómodo en los restaurantes. Cuando trabaje secando platos escuchaba cómo los mozos narraban las cosas que harían con las clientas y cómo el cliente que la acompaña era inferior a ellos en todos los aspectos que uno pueda imaginarse. Lo decían de chiste, pero yo notaba un gran resentimiento. Ir a merendar con ella, ahí, me retrató en la misma imagen que solía ver en aquel trabajo, pero como víctima de todo ese desprestigio.
Además, secando platos, sentía que estaba en el eslabón mas bajo de toda esa cadena del servicio gastronómico; muy poca planta y malos recuerdos.
Ser parte de eso me incomoda. Por eso le dije que yo no necesitaba esto, que era ostentoso; un lujo del que podría prescindir, a menos que sea contexto para estar con alguien que quisiera.
Y se lo hice saber, con el intento de ver cuánto dura su sonrisa. También lo hice por curiosidad a todo lo que ella es, pero que no es risa.
Me dijo que antes le pasaba algo así, pero con la militancia. Cuando comenzó a ir a lugares carenciados, se inició en una serie de introspecciones hostiles a su forma de vida. Ver continuamente a mucha gente pasar por situaciones horribles y según ella cada vez mas impactantes. La crudeza le generó desprecio a su propia idiosincrasia; el hecho de tener las comodidades que tiene, la seguridad en su hogar, no pasar hambre, el amor incondicional de su familia y su salud le hacía sentir la injusticia del mundo a flor de piel.
Empalmó su catarsis con lo que había comentado de mi empleo de secador de platos diciéndome que trate de redondear para arriba, y no hacia abajo. Que desde mi posición privilegiada podría hacer mucho mas que intentar incorporarme a otro estilo de vida mas austero. No comprendí directamente a donde iba, pero tenía un punto.
Noté que se exaltó un poco al hablar, pero de igual manera la escuché atento para ver hasta donde llegaba esa reflexión.
Mientras me conversaba acariciaba mi mano con mucha ternura, como desahuciándose de algún mal sentimiento. Mi mano estaba sobre la mesa, paralizada por la grata sensación de su cariño, aún agazapada, esperando el momento de agarran una tostada.
Pero es en una risa que me doy vuelta a mirar la puerta del baño, que fue golpeada lo suficientemente fuerte como para que opaque lo que estaba pensando. Un policía había entrado al baño. Inmutado, permanezco mirando la puerta oscilar durante un rato, hasta que ella me acarició la mano para llamar mi atención.
¿Qué me impedía agarrar una tostada?
Sus ojos marrones claros, y bueno, también la conversación se volvió muy penetrante. Me dijo que el hecho de no estar conforme en la posición socio-económica que uno tiene, podría tener dos maneras de afrontarse: una mala y una buena, como todo en esta sociedad. Porque podrías venir de una familia que vive en una villa, y las posibilidades podrían ser acotadas para ese asenso tan duro, o podrías provenir de una familia de bien, y nunca preguntarte sobre cómo es que viven los demás. Cosas por el estilo. Fue muy atrapante, pero mientras se acomodaba en su silla, preparándose para enarbolar sobre esa mesa, a las seis de la tarde, su gran teoría del asenso corrompido de ciertas personas, me dejé caer sobre mi asiento, desparramado y arrogante, estirando mi brazo para que las caricias sobre mi mano no terminen pese a mi nueva posición. En ese ángulo privilegiado sus ojos eran marrón claro intenso, con la pupila contraída a un punto óptimo, de mayor belleza. El reflejo de la luz le daba color claro bien contrastado a su iris y volúmen a su córnea, volviéndolos el mejor lugar para viajar cuando se tiene un poco de fiaca.
Me pregunté cómo se verían recostados en la penumbra de mi cama, durante el amanecer. También me cuestioné sobre su color tan familiar, tranquilizante como el marrón tibio de un café con leche, con mucha leche, una tarde de verano, después de jugar a la pelota. Marrón intrépido y desafiante como la tierra seca del potrero que esta cerca del autopista, donde jugamos con Ezequiel cada vez que podíamos, porque muchas veces había otros chicos mas grandes o nos rajaban chicos de otras partes de la villa, donde nuestras mamás no nos dejaban ir. La pelota que le regalaron a Ezequiel era blanca con estrellas marrones. Cuando la veía venir rápido, desde el arco, el marrón y el blanco se hacían marrón café con leche, con mucha leche. Yo siempre atajaba, y Ezequiel jugaba de enganche. Desde muy chicos teníamos en claro de qué posición íbamos a jugar de grandes. Íbamos a una escuela que quedaba cerca de un baldío enorme, que ahora hay un hospital. Nunca había visto tantos potreros juntos, qué suerte tener ese lugar cerca de casa. Y a Ezequiel. Porque fuimos juntos todo el colegio. Repetimos juntos, porque siempre enganchábamos pibas al mismo tiempo, o nos poníamos a entrenar siempre para probarnos en algún club. Yo quedé en Platense me acuerdo, pero fui muy poco tiempo, porque apuraban con el colegio y no me gustaba, además quedaba muy lejos. Ezequiel nunca tuvo suerte, ni en el colegio, ni en el fútbol, ni con las pibas. De mas wachín lo engañaron todas sus novias y quedo muy resentido. El último año nos atrapo a los dos, ni en la nocturna tampoco podíamos pasarlo. Yo lo terminé a los 21. Ezequiel nunca lo terminó. Trabajé todo el secundario repartiendo diarios, porque mi mama me compró una bicicleta. Mi papá siempre que dijo que era al pedo, iba a terminar como todos como los que me juntaba, drogándome y tomando. Yo me drogué muy pocas veces. Siempre por Ezequiel, que se empezó a drogar muchísimo con paco meses antes de dejar la secundaria. En los últimos años cada vez nos fuimos viendo menos, porque no no llevábamos tan bien. Empezamos a tener cada vez mas distancia, juntas distintas, curtíamos en noches distintas. Nunca pudo conseguir trabajo. Siempre me pareció un estúpido por robar. No conseguía un mango y salía a robar. Me dió mucha bronca, por su vieja que era re buena, lo cuidaba una bocha. Cuando yo salía a buscar trabajo en colectivo, cansado, volvía muy tarde, siempre enojado. Me iba a dormir renegando, y en silencio de la noche en el barrio se escuchaba a él haciendo explosiones con el escape de su moto, como lo puteaba. A veces nos cruzábamos y me decía que era un bobo, se me reía. Una vez nos cagamos a palos, porque lo apuré para que deje toda esa vida de mierda que estaba teniendo. Me sacó una navaja. Para mí la amistad terminó ahí. Lloré a la noche ese día. Los meses que le siguieron fueron un desastre, no conseguía trabajo, porque vivía en una villa, poner la dirección era la muerte. Ni de limpieza o cajero en algún lugar de comida. Laburé un poco de secador de platos en un restorán pero me rajaron por "afanarme comida", siempre la saqué de la basura, dueños hijos de puta. Me moría de bronca al escuchar el ruido de las explosiones del escape de las motos a la noche, mas los días de semana. Cuando me afanaban vagos de otros lugares, cuando iba a buscar trabajo, tenía ganas de matarlos, porque no tengo nada y me vienen a afanar, hijos de puta. Como una mierda sin futuro estaba viviendo con mi vieja. Mi viejo me cagó a trompadas cuando me dijo que no servía para nada y le contesté que él como padre menos. Nunca le había gritado así a él. Decidí anotarme en la escuela de policías, porque ya me había quedado sin casa. Me daban un subsidio, así que la pilotié tres años, alquilé un departamento chiquito en otro partido, nada que ver con la villa. Conseguí trabajo y a los 2 años tenía un Fiat Uno. Llevaba a pasear a las chicas por capital. La gente me decía señor, me empezaron a mirar mucho mas a los ojos. Caminaba por la calle sin que me mirasen mal. Tenía mi propia arma. Me cambié de comisaria, a una con gente mas piola, con mas iniciativa. Teníamos unos negocios por ahí, entre todos. Me compre una casa, y cambié de coche con el tiempo. Una vez me quisieron afanar, después de todo mi laburo; a uno le raje un tiro y palmó. Nadie saltó por él, fue mas fácil el trámite. Estos negros de mierda no les importa morir, no valoran la vida ni el esfuerzo, la quieren fácil para comprarse droga y estupideces. Ya tenía mi reputación en el barrio, todos me tenían un gran respeto. Pero a pesar de todo el progreso hay tristezas que hacen atajos en el tiempo y en el espacio, como que son tristezas que viven en un momento y simultáneamente en el futuro y te conectan con los momentos donde sufriste, como si estuvieras presente en ambos lugares, casi sin sentirlo. Un robo, estábamos yendo a cobrar unas cosas y los agarramos, eran 2 jóvenes. Uno se nos escapó. El otro lo encerramos y no quería largar el arma, lo teníamos apuntado entre 2. Le dijimos que si no la tiraba al suelo lo íbamos a quemar. Se saca la capucha y el cuello polar: era un chico igual a Ezequiel, con la misma cara y el mismo porte, yo no lo podía creer. Empecé a lagrimear con un dolor profundo cuando empezó a decir que no importaba si le pegábamos un tiro, toda la policía es una mierda, son todos unos gatos, unos hijos de puta. Me dije a mis mismo cómo puede ser que un jóven como el no valore la vida, cómo puede ser. Mi compañero le puso un tiro en el pecho. Lo fuí a buscar rápido para ver cómo estaba. Estremecido, moviéndose mucho, pero sin poder pararse. Respiraba muy hondo y trabado, ahogándose. Me dijo hijo de puta, ojalá que me muera. Solté la lágrima que cayó sobre su campera marrón, llena de tierra de la calle.
Después de unos días me cambiaron de sección, fue un lío, porque lo toqué al pibe cuando murió. Me mandaron a Recoleta, mucho mas tranqui. Caminaba todo el turno por el cementerio y los negocios y cosas asi. Manguaba cafe y algunas facturas, todo muy bueno. Un día estaba con unas ganas de mear tremendas y me fuí a un restorán que estaba por ahí.
Antes de llegar al baño vi a una piba hermosa, sentada con un pibe que estaba estirado como un pelotudo en la silla. Qué bronca me dio, estos pendejos platudos, mirá como se sienta en frente de una mujer así.
Noté que se exaltó un poco al hablar, pero de igual manera la escuché atento para ver hasta donde llegaba esa reflexión.
Mientras me conversaba acariciaba mi mano con mucha ternura, como desahuciándose de algún mal sentimiento. Mi mano estaba sobre la mesa, paralizada por la grata sensación de su cariño, aún agazapada, esperando el momento de agarran una tostada.
Pero es en una risa que me doy vuelta a mirar la puerta del baño, que fue golpeada lo suficientemente fuerte como para que opaque lo que estaba pensando. Un policía había entrado al baño. Inmutado, permanezco mirando la puerta oscilar durante un rato, hasta que ella me acarició la mano para llamar mi atención.
¿Qué me impedía agarrar una tostada?
Sus ojos marrones claros, y bueno, también la conversación se volvió muy penetrante. Me dijo que el hecho de no estar conforme en la posición socio-económica que uno tiene, podría tener dos maneras de afrontarse: una mala y una buena, como todo en esta sociedad. Porque podrías venir de una familia que vive en una villa, y las posibilidades podrían ser acotadas para ese asenso tan duro, o podrías provenir de una familia de bien, y nunca preguntarte sobre cómo es que viven los demás. Cosas por el estilo. Fue muy atrapante, pero mientras se acomodaba en su silla, preparándose para enarbolar sobre esa mesa, a las seis de la tarde, su gran teoría del asenso corrompido de ciertas personas, me dejé caer sobre mi asiento, desparramado y arrogante, estirando mi brazo para que las caricias sobre mi mano no terminen pese a mi nueva posición. En ese ángulo privilegiado sus ojos eran marrón claro intenso, con la pupila contraída a un punto óptimo, de mayor belleza. El reflejo de la luz le daba color claro bien contrastado a su iris y volúmen a su córnea, volviéndolos el mejor lugar para viajar cuando se tiene un poco de fiaca.
Me pregunté cómo se verían recostados en la penumbra de mi cama, durante el amanecer. También me cuestioné sobre su color tan familiar, tranquilizante como el marrón tibio de un café con leche, con mucha leche, una tarde de verano, después de jugar a la pelota. Marrón intrépido y desafiante como la tierra seca del potrero que esta cerca del autopista, donde jugamos con Ezequiel cada vez que podíamos, porque muchas veces había otros chicos mas grandes o nos rajaban chicos de otras partes de la villa, donde nuestras mamás no nos dejaban ir. La pelota que le regalaron a Ezequiel era blanca con estrellas marrones. Cuando la veía venir rápido, desde el arco, el marrón y el blanco se hacían marrón café con leche, con mucha leche. Yo siempre atajaba, y Ezequiel jugaba de enganche. Desde muy chicos teníamos en claro de qué posición íbamos a jugar de grandes. Íbamos a una escuela que quedaba cerca de un baldío enorme, que ahora hay un hospital. Nunca había visto tantos potreros juntos, qué suerte tener ese lugar cerca de casa. Y a Ezequiel. Porque fuimos juntos todo el colegio. Repetimos juntos, porque siempre enganchábamos pibas al mismo tiempo, o nos poníamos a entrenar siempre para probarnos en algún club. Yo quedé en Platense me acuerdo, pero fui muy poco tiempo, porque apuraban con el colegio y no me gustaba, además quedaba muy lejos. Ezequiel nunca tuvo suerte, ni en el colegio, ni en el fútbol, ni con las pibas. De mas wachín lo engañaron todas sus novias y quedo muy resentido. El último año nos atrapo a los dos, ni en la nocturna tampoco podíamos pasarlo. Yo lo terminé a los 21. Ezequiel nunca lo terminó. Trabajé todo el secundario repartiendo diarios, porque mi mama me compró una bicicleta. Mi papá siempre que dijo que era al pedo, iba a terminar como todos como los que me juntaba, drogándome y tomando. Yo me drogué muy pocas veces. Siempre por Ezequiel, que se empezó a drogar muchísimo con paco meses antes de dejar la secundaria. En los últimos años cada vez nos fuimos viendo menos, porque no no llevábamos tan bien. Empezamos a tener cada vez mas distancia, juntas distintas, curtíamos en noches distintas. Nunca pudo conseguir trabajo. Siempre me pareció un estúpido por robar. No conseguía un mango y salía a robar. Me dió mucha bronca, por su vieja que era re buena, lo cuidaba una bocha. Cuando yo salía a buscar trabajo en colectivo, cansado, volvía muy tarde, siempre enojado. Me iba a dormir renegando, y en silencio de la noche en el barrio se escuchaba a él haciendo explosiones con el escape de su moto, como lo puteaba. A veces nos cruzábamos y me decía que era un bobo, se me reía. Una vez nos cagamos a palos, porque lo apuré para que deje toda esa vida de mierda que estaba teniendo. Me sacó una navaja. Para mí la amistad terminó ahí. Lloré a la noche ese día. Los meses que le siguieron fueron un desastre, no conseguía trabajo, porque vivía en una villa, poner la dirección era la muerte. Ni de limpieza o cajero en algún lugar de comida. Laburé un poco de secador de platos en un restorán pero me rajaron por "afanarme comida", siempre la saqué de la basura, dueños hijos de puta. Me moría de bronca al escuchar el ruido de las explosiones del escape de las motos a la noche, mas los días de semana. Cuando me afanaban vagos de otros lugares, cuando iba a buscar trabajo, tenía ganas de matarlos, porque no tengo nada y me vienen a afanar, hijos de puta. Como una mierda sin futuro estaba viviendo con mi vieja. Mi viejo me cagó a trompadas cuando me dijo que no servía para nada y le contesté que él como padre menos. Nunca le había gritado así a él. Decidí anotarme en la escuela de policías, porque ya me había quedado sin casa. Me daban un subsidio, así que la pilotié tres años, alquilé un departamento chiquito en otro partido, nada que ver con la villa. Conseguí trabajo y a los 2 años tenía un Fiat Uno. Llevaba a pasear a las chicas por capital. La gente me decía señor, me empezaron a mirar mucho mas a los ojos. Caminaba por la calle sin que me mirasen mal. Tenía mi propia arma. Me cambié de comisaria, a una con gente mas piola, con mas iniciativa. Teníamos unos negocios por ahí, entre todos. Me compre una casa, y cambié de coche con el tiempo. Una vez me quisieron afanar, después de todo mi laburo; a uno le raje un tiro y palmó. Nadie saltó por él, fue mas fácil el trámite. Estos negros de mierda no les importa morir, no valoran la vida ni el esfuerzo, la quieren fácil para comprarse droga y estupideces. Ya tenía mi reputación en el barrio, todos me tenían un gran respeto. Pero a pesar de todo el progreso hay tristezas que hacen atajos en el tiempo y en el espacio, como que son tristezas que viven en un momento y simultáneamente en el futuro y te conectan con los momentos donde sufriste, como si estuvieras presente en ambos lugares, casi sin sentirlo. Un robo, estábamos yendo a cobrar unas cosas y los agarramos, eran 2 jóvenes. Uno se nos escapó. El otro lo encerramos y no quería largar el arma, lo teníamos apuntado entre 2. Le dijimos que si no la tiraba al suelo lo íbamos a quemar. Se saca la capucha y el cuello polar: era un chico igual a Ezequiel, con la misma cara y el mismo porte, yo no lo podía creer. Empecé a lagrimear con un dolor profundo cuando empezó a decir que no importaba si le pegábamos un tiro, toda la policía es una mierda, son todos unos gatos, unos hijos de puta. Me dije a mis mismo cómo puede ser que un jóven como el no valore la vida, cómo puede ser. Mi compañero le puso un tiro en el pecho. Lo fuí a buscar rápido para ver cómo estaba. Estremecido, moviéndose mucho, pero sin poder pararse. Respiraba muy hondo y trabado, ahogándose. Me dijo hijo de puta, ojalá que me muera. Solté la lágrima que cayó sobre su campera marrón, llena de tierra de la calle.
Después de unos días me cambiaron de sección, fue un lío, porque lo toqué al pibe cuando murió. Me mandaron a Recoleta, mucho mas tranqui. Caminaba todo el turno por el cementerio y los negocios y cosas asi. Manguaba cafe y algunas facturas, todo muy bueno. Un día estaba con unas ganas de mear tremendas y me fuí a un restorán que estaba por ahí.
Antes de llegar al baño vi a una piba hermosa, sentada con un pibe que estaba estirado como un pelotudo en la silla. Qué bronca me dio, estos pendejos platudos, mirá como se sienta en frente de una mujer así.

Zarpadamente bueno es esto.
ResponderBorrarHey, me alegra mucho que te guste.
BorrarMuy bueno, muy bien manejado el cambio de perspectiva.
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