Sinestesia

        Yo no era una persona que padeciese de esos recuerdos pasajeros que aparecen involuntariamente por asociación de ideas, de hecho yo logro enfocarme muy bien en el transcurso del día sin perder la noción y desencausar mis pensamientos por sinestesias. Para mí ese es el problema de mucha gente, la deja atónita por segundos luego de una asociación de conceptos diarios como olores y colores lugares y personas o sensaciones y momentos enteros, perdiendo el hilo de lo que estaban haciendo. Pero, como dije, yo no era así, hace unos meses podía vivir sin que me acosen las brisas, ahora me cuido de toparme con una manifestación de viento desprevenido para que no padezca la asociación que su aparición conlleva y que hoy me deprimen.
        Fue cuando comenzaba a cursar farmacología, hace unos meses, junto con medicina interna, tenía terror que en alguna me fuese mal, mis días consistían en despertarme dos horas antes para ir a trabajar al Carrefour y luego enlatarme en el tren para llegar al hospital Güemes y luego llegar a mi casa, para estudiar todo el tiempo que mi cuerpo me permita estar consciente y tirarme al colchón de siempre para despertarme e ir a la caja nº 12 de siempre con el uniforme de siempre y el tren de siempre hasta llegar al hospital que de cierta manera logra apartarse de la monotonía diaria. Me gustaba visitarlo, con sus característicos azulejos blancos y repletos de mugre y su pasillo largo, tan largo que se fundía en el foco de mi miopía y que a veces me hacía pensar que relativo es el infinito, que con unos anteojos bastaba para desintegrar sus interminables paredes blancas en el portón principal, que da al cruce a nivel de Gaona y Rivadavia, cortando así las vías del tren.Y así fue un día que se vino a atender una mujer, su madre y sus hijos. Todos acompañaban a la señora mayor, por un aparente hematoma, generado por una contusión en su rodilla; le receté un ibuprofeno, hielo y reposo. Con su receta en mano y la consulta terminada, nos quedamos hablando de la decadencia en la que entró el hospital, aparentemente ella siempre fue de Haedo y me hizo notar la proporcionalidad en que se arruinan las casas, el hospital y el tren. Se fue de la habitación un poco apurada, por lo que el niño olvidó su camperita roja, grité en el pasillo y al escuchar el eco entre los azulejos volvieron a buscar , felices y con pequeñas risitas, la campera de Esteban. Sé su nombre porque su madre le obligó a darme las gracias por la campera. Nunca me voy a olvidar de él. Y así avanzó el día y me asustaba cada vez más fármaco, así que decidí invertir el descanso en estudiar, tomé mi mochila y retiré los apuntes de tejido miocárdico. Apenas logré leer algo me interrumpió el estrepitoso ruido de las puertas abriéndose acompañado de los gritos de algunos empleados.
        -¡No hay tiempo, pasame la camilla, olvidate de la ambulancia, está acá al frente!¡Grita que abran la barrera de la entrada de personal!-
        -¡No se puede salir por ahí es un despelote!-
        -¡Me chupa un huevo, vos abrila!-
         Así, el silencio invadió el hospital. Supuse lo peor, pero no estaba a la altura de los sucesos. En unos cinco minutos de suspenso, donde el pasillo se presurizó hasta el vacío, dejándonos a solas a la intermitencia de las luces del techo y a mí, tratando de que las proyecciones que habitaban mi imaginación se adecúen a lo que iba a suceder, a lo que iba a pasar por ese corredor, a lo que iba a hacer golpear las puertas del pasillo infinito contra la pared, a solo minutos de mi descanso, de mi chance de estudiar fármaco.
        El sonido de las puertas culminó con mis especulaciones, miré el tumulto de médicos y vi poco a poco la camilla acercándose, yo parada con mi apunte en la mano, inerte como la mugre de los azulejos blancos de las paredes, observando qué había en la camilla, siguiendo el movimiento de mi cabeza al compás del avance de la misma, ya menos tímida, mostrándome cómo el tren reventó a alguien, no muy grande, todo cubierto de sangre, amorfo y moribundo (quizá muerto) con una campera roja. Pasó tan rápido que solo dejó una estela de viento, y gotitas de sangre, las seguí con mi vista hasta la puerta , ya muy atrás, donde entró una mujer clamando por Esteban, vociferando su nombre, exprimiendo su garganta pensando que así se levantaría. Simultáneamente sus gritos retorcían mi corazón, cerrando un circuito con lágrimas y grumosos dolores en mi pecho; los médicos contenían a la mujer, que sentía su piel erizada aún de la brisa fresca que deja el tren al pasar y no encontrar a su hijo, ahogada en un mar de proyecciones, que aún viendo a su hijo desplomarse contra el vagón, no son verdad ni nunca lo serán.
Ese día lo tuve libre, no podía concretar un pensamiento distinto a la tragedia. Cuando llegué a mi casa decidí cerrar las ventanas, por si entraba una brisa; por si algún día yo tuviese un hijo.

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