Esperanza.
Estoy acostumbrado a imaginarme que antes de las reflexiones más importantes, el gran locutor, en nombre de muchísimas personas, suspira temerosa y profundamente, anticipándose a la magnitud de lo que está a punto de enarbolar.
Esta vez no hay un gran locutor, ni mucho menos un gran discurso.
Solo el suspiro de todas esas personas, incluido el locutor.
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Me gusta caminar entre una multitud de gente, pienso que mi soledad se disipa junto con la de todas esas personas, e imagino una breve historia que involucre a la persona que en ese momento estoy viendo, y a mí. A veces las historias son tristes, otras veces son violentas, otras felices, algunas románticas o también las hay sin sentido. Todo termina cuando las dejo de ver. Sólo me quedan algunas caras, y las historias que pudieron haber vivido. Al alejarme de la gente, la soledad me invade nuevamente. Algunas veces pienso que a los demás le sucede lo mismo. Bueno, la obvia realidad es que no es recíproco y que esas personas inminentemente mueren cuando las dejo de observar, y yo muero para ellas.
Para mí ese es el problema, justo ahí, cuando mueren. Es inevitable, fríamente inevitable. Pero nadie puede contener todas las caras de un montón de gente y recordarlas una por una, sentir empatía por cada una de ellas. No me imagino un mundo lleno de personas vivas, no nos cabría en la memoria todas esas miradas. No podemos ser como nos gustaría que las demás personas sean con nosotros. Creo que nunca vamos a poder comprender el secreto de los ojos tristes, de las historias que no pudimos construir bien; morimos ignorados.
El mundo es naturalmente frío y nada acogedor. Principalmente por nosotros. Pienso que hay una puja que en sí misma sería la esperanza, de chico te enseñan muchos valores y te inculcan el modelo de persona ideal, y con el tiempo se desvanecen.
Yo siento que estoy cada día más cerca de terminar de romper los frágiles ideales, esos hechos de días soleados, fundados en la paz, en la convalecencia, en una clase de solidaridad innata, esos que salen de los besos de los que se aman, de los inquietos párpados de la mujer más hermosa; los que prohíben no ser valiente (y lo penalizan).
Camino porque me siento abrumado, siempre incapaz de ser el ideal. Me siento insoluble, sin la facultad de sostener todos esos valores. Pero fijate que todo nos presiona a eso, a ser maduros, a ser responsables, a ser provisorios, atentos, fríos; todo desemboca en enamorarse, como si fuese premeditado, creyendo que uno tiene mérito por ello. Además, todo, lentamente, se torna distante; sentir que todo lo que hacen los demás repercute en mí, pero no viceversa, la tristeza de ser el único y definitivo dueño de sensaciones sinceras, como sentirse pequeño, como valorar el color celeste y el azul oscuro, de realmente tener miedo de perderse en los ojos de alguien, pero sentir su contraparte adictiva de querer desafiar el encuentro; del implacable vacío de que soy como el mundo no quiso que fuese.
Uno es niño hasta que quiebra cada ideal inculcado y vive a la deriva, se sumerge en el mar de gente que muere y revive a cada mirada.
Pero contrariando todas las sensaciones del cuerpo y las experiencias, me gusta creer que algún día me voy a estampar con la verdad que permanece oculta, con el espectro de la niñez, con el cálido sol de primavera.
Más aún me gusta creer que, una vez que la encuentre, la voy a mirar a los ojos y explicarle en años de silencio, la falta que me hizo.

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