Te extraño.
(La nada.)
El vacío danza con abrazadora furia, insidioso, manteniendo su capricho de omnipresencia; su hogar de unicidad.
(Concebir es un descuido.)
Pero le resulta imposible contenerse, su descuido permitió que en pequeñas partes de su cuerpo, la furia brotase como destello, para flotar como polvo en el océano de su egoísta vientre. Luego de mucho tiempo, la furia de su baile, logró perturbar su hogar, su nicho hecho de su cuerpo de circunstancial éter; ahora la furia componía rocas, nubes de polvo inmensas que con implacable paciencia aprendieron a conglomerarse, cada vez más. Y más.
(Crecer es irradiar.)
Tal era la conglomeración de furia hecha polvo, y polvo hecho fuego, que su presencia sólo se entendía como esferas de luz. Eran colosos blancos, parásitos del útero paterno, opuestos al vacío, pero igual de egoístas. En su estrepitoso y desesperado intento por condensar toda esa furia y polvo, emanaron luz. La nada conoció la luz, y bien sabía de lo que era capaz.
(Reconstruir un legado es crecer.)
Crecían y crecían, reclutando cada vez más furia y polvo, aportando cada vez más brazos de luz, demostraciones de la inconmensurable furia de la que eran capaces de contener; crepitaban ansiosas por ser como alguna vez fue el cuerpo de su padre, que moría y se descuidaba cada vez más; la nada se volvería la nada misma. Se bautizaron estrellas así mismas. Tenían la intención de ser ubícuitas, de reemplazar el vacío con su penetrante luz, querían estremecer a cada agrupación de polvo, ya sea grande o pequeña, provocar miedo, obligar con terror a toda forma de furia a arrojarse a sus cuerpos de luz. Nacieron para llenar el vacío.
(Los gigantes mueren exhaustos.)
Hay afanes que no se pueden completar, y el complicado deseo de llenar todo con la luz, era muy complejo. Encontraron formas de ser cada vez más grandes, pero en su ambiciosa empresa, algunas dejaban de crepitar, pues su gran furia violaba su propio cuerpo de esfera. Se detenían. Se comprimían en un último intento de buscar el armónico esplendor con el que vivieron.
(Morir siendo, o vivir recordando.)
No había caso para las estrellas que se apagaban, se oscurecían de vergüenza, algunas convenían al vacío un cuerpo pequeño y blanco, otras sin respeto a su esencia, se hinchaban, rojas y abnegadas, para ocupar más a su padre, que sabía que la soberanía de su vientre estaba cerca. El terror de sus hijas ya bien él lo manejaba en su infinita inmensidad; el frío. Esperaba lentamente a que todo se rindiera al frío, al abandonado desorden.
(La ilusión de que el suicidio no es un asesinato.)
Pero había estrellas que no aceptaban sumisas su destino, sinó que se suicidaban. La furia de toda una eternidad contenida las carcomía; quemaban su cuerpo por un sueño. Su existencia era sinó una paradoja, nacer para consumir lo que nació. Su desdicha era imponente. Las estrellas suicidas, en sus últimos momentos, concentraban toda su furia en su interior, se hinchaban temblorosas y ardientes como nunca. Su cuerpo se volvía cada vez mas atractivo al polvo y a más furia, de una manera que ya no la podían contener. Las explosiones eran como el silencio. No hay sensación que lo explique. Era su deseo. La ausencia de vacío. Por un momento, terminando con su vida, podían ser el todo y la nada. Los colores y la oscuridad. La furia libre y salvaje.
Lo eran sólo por un momento. A la brevedad, dejarían al frío desintegrar su cuerpo.
En el patio de una casa, sobre el pasto verde, se recostó un niño durante la noche. Adoraba mirar el cielo. Durante esa noche, el niño observó una particularidad. Una estrella había explotado. El fulgor de los colores lejanos lo acobijó durante la última noche. Llorando, se acurrucó en un rincón del suelo.
El vacío danza con abrazadora furia, insidioso, manteniendo su capricho de omnipresencia; su hogar de unicidad.
(Concebir es un descuido.)
Pero le resulta imposible contenerse, su descuido permitió que en pequeñas partes de su cuerpo, la furia brotase como destello, para flotar como polvo en el océano de su egoísta vientre. Luego de mucho tiempo, la furia de su baile, logró perturbar su hogar, su nicho hecho de su cuerpo de circunstancial éter; ahora la furia componía rocas, nubes de polvo inmensas que con implacable paciencia aprendieron a conglomerarse, cada vez más. Y más.
(Crecer es irradiar.)
Tal era la conglomeración de furia hecha polvo, y polvo hecho fuego, que su presencia sólo se entendía como esferas de luz. Eran colosos blancos, parásitos del útero paterno, opuestos al vacío, pero igual de egoístas. En su estrepitoso y desesperado intento por condensar toda esa furia y polvo, emanaron luz. La nada conoció la luz, y bien sabía de lo que era capaz.
(Reconstruir un legado es crecer.)
Crecían y crecían, reclutando cada vez más furia y polvo, aportando cada vez más brazos de luz, demostraciones de la inconmensurable furia de la que eran capaces de contener; crepitaban ansiosas por ser como alguna vez fue el cuerpo de su padre, que moría y se descuidaba cada vez más; la nada se volvería la nada misma. Se bautizaron estrellas así mismas. Tenían la intención de ser ubícuitas, de reemplazar el vacío con su penetrante luz, querían estremecer a cada agrupación de polvo, ya sea grande o pequeña, provocar miedo, obligar con terror a toda forma de furia a arrojarse a sus cuerpos de luz. Nacieron para llenar el vacío.
(Los gigantes mueren exhaustos.)
Hay afanes que no se pueden completar, y el complicado deseo de llenar todo con la luz, era muy complejo. Encontraron formas de ser cada vez más grandes, pero en su ambiciosa empresa, algunas dejaban de crepitar, pues su gran furia violaba su propio cuerpo de esfera. Se detenían. Se comprimían en un último intento de buscar el armónico esplendor con el que vivieron.
(Morir siendo, o vivir recordando.)
No había caso para las estrellas que se apagaban, se oscurecían de vergüenza, algunas convenían al vacío un cuerpo pequeño y blanco, otras sin respeto a su esencia, se hinchaban, rojas y abnegadas, para ocupar más a su padre, que sabía que la soberanía de su vientre estaba cerca. El terror de sus hijas ya bien él lo manejaba en su infinita inmensidad; el frío. Esperaba lentamente a que todo se rindiera al frío, al abandonado desorden.
(La ilusión de que el suicidio no es un asesinato.)
Pero había estrellas que no aceptaban sumisas su destino, sinó que se suicidaban. La furia de toda una eternidad contenida las carcomía; quemaban su cuerpo por un sueño. Su existencia era sinó una paradoja, nacer para consumir lo que nació. Su desdicha era imponente. Las estrellas suicidas, en sus últimos momentos, concentraban toda su furia en su interior, se hinchaban temblorosas y ardientes como nunca. Su cuerpo se volvía cada vez mas atractivo al polvo y a más furia, de una manera que ya no la podían contener. Las explosiones eran como el silencio. No hay sensación que lo explique. Era su deseo. La ausencia de vacío. Por un momento, terminando con su vida, podían ser el todo y la nada. Los colores y la oscuridad. La furia libre y salvaje.
Lo eran sólo por un momento. A la brevedad, dejarían al frío desintegrar su cuerpo.
En el patio de una casa, sobre el pasto verde, se recostó un niño durante la noche. Adoraba mirar el cielo. Durante esa noche, el niño observó una particularidad. Una estrella había explotado. El fulgor de los colores lejanos lo acobijó durante la última noche. Llorando, se acurrucó en un rincón del suelo.

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