La razón de vivir.

De tanto correr, de tanto indagar porqué los pies se hunden en la arena y dejan las mismas huellas. Perderse en una noche tan larga como profundo te hallas buscado, para despertarse agitado y salir a reanudad la búsqueda. Qué nos queda, preguntaron, qué nos queda... porque no querer morir es una elección y nos obliga a despertar, a salir y empecinarnos con que afuera nos consolidamos, perdidos en una playa grande, donde las dunas caminantes acechan y el cielo nocturno nos confunde, nos empuja hacia nosotros mismos en fugaces sábanas blancas y puntos adiamantados. Hasta que el sol nos salva y nos reanudamos, cicatrizamos nuestra conciencia del zarpazo del sueño. Pero sentarse a mirar el cielo es violar la búsqueda fecunda, es enfrentarse a millones con solo enfocar la vista en una estrella. Todo es belleza trillada, hasta que el sol se parece a una estrella lejana, que crepita en tenues blancos; explota y se consume para otros seres, que su egoísmo, ansioso por iluminar el universo, nos presente, ella tan lejana y uno tan inocente. Y la calma nos compromete, nos ahoga. Lentamente el mundo se detiene, el firmamento se vuelve suelo y nosotros pequeños testigos, cual estrellas. El fulgor se consume cuando el silencio es inminente, cuando el misterio de lo que no está iluminado nos llama, cuando no hay respuesta a la vida. Entonces, es cuando ellos hacen la ensordecedora pregunta: ¿Qué hay detrás de las estrellas?

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