Tiempo desparramado.

Desde mi cama, la sombra de la persiana es el péndulo que no tiene retorno, esa marca que aplasta, recorriendo suavemente, todo el desorden que hay en mi cuarto. El silencio es el tren, el silencio es el tumulto del tránsito, el silencio es saber que la cocina esta sucia, inmutable de mi manualidad; el silencio es saber que antes de dormir tengo que cerrar todas las puertas, porque nadie mas lo va a hacer.

La parsimonia ahora es mi sutileza y mi convenio a la penumbra de la costumbre.

Desayunar lento, regar las plantas, a veces lavar la ropa, enjuagar la taza y prepararme para salir y ser. Suelo caer en la trampa, más cuando no hay mucha luz.

Pero todo esta cubierto del halo de mi propiedad, casi idílico, como me lo imaginaba en otra época. Todavía no concurrí a una cena decente conmigo mismo, quizás por el enchastre que suelo dejar en mis cosas, por la falta de ganas. Todo ese desastre con aspecto a tiempo desparramado, ensucia cada parte de la casa, en silencio, con parsimonia. Quizás arrojarme a la cama no es solución de nada, quizás acreditarle al tiempo todas mis circunvoluciones es consecuencia de lo inadvertido que sucede el día.

Es tan pleno que no alcanzo a verlo.

Sucede como un haz de luz: rápido para no sentirlo, pero real para recordarlo.


Cuando las persianas caen, caen por mí. Cuando la sombra danza en su recorrido cíclico y pisa sin asco mi desorden me encuentro a mi mismo usando el camino de la cama hacia el patio, durante la noche, para evitar todo esto que, en realidad, es nada.

Ir a la heladera, desacostumbrar el ojo con el reflejo de la luz de su interior, escuchar cómo se cierra y beber aquello que decidí ser de mi una tarde. La cosecha de un dia cansado; la mentira que ocasiona todo este tiempo desparramado.

Despierto, casi sin abrir los ojos, adolezco dormitando: la sombra jamás abandonaría su danza pendular.

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