Caerse al cielo.


Trepar los árboles con la mirada, es algo que siempre hago, casi sin darme cuenta. Lo mas loco es el contraste entre las hojas y el cielo. Es una diferencia de pequeño y complejo contra la profundidad insondable del cielo, que luego se convierte en nada y a la vez en todo.


Es tan profundo que me da pánico, casi adictivo. Quizás sea sopresa o vértigo de su inmensidad atractiva.

Temeroso, poso mi vista en las ramas. Asomándome, me imagino colgando de la última hoja, intentando no caer al celeste misterioso y grande.
 
¿Qué me pasaría si me soltara?

 Seguro caería hacia la nada, hasta que el celeste termine y me acontezca la oscuridad silvestre del espacio exterior.

¿Será que no habrá mas vida, en mi inerte camino, mas que esa última hoja que me dejó caer?

¿Impactaría con alguna estrella muy distante?

¿ Llegaría al centro de la galaxia, donde nadie sabe qué sucede? Después de todo, la gran cantidad de cosas que nos rodean, después de un largo tiempo, terminarían en el centro...
¿O no?

Lo mas extraño, es que antes de sucumbir al gran centro, recordaría que la última textura que sentí, con vida, sería la lisa cara seca de una hoja.

No habría vuelta atrás, es el primer paso hacia la eternidad.

Pero... es una hoja diminuta, quizás concevida para tomar la energía del sol; pero en ese breve lapso de tiempo podría haber sido un pequeño trampolín hacia el cosmos.

Mirar el cielo, es casi como suspender la mirada en la nada, de tan profundo y celeste que llega a ser. Sin embargo, ese celeste tan inocente como la pintura de algún cuarto de algún bebé, esconde demasiada oscuridad, demasiados misterios y particularidades que lo tornan casi agresivo: es mentira que no hay nada mas grande que nuestra imaginación.

Probablemente, si me dejara caer, sólo caería...  hasta el final de todo.
En ese trayecto mi familia, mis amistades, mi trabajo, mis deudas, mis ahorros, mis errores, mis mejores recuerdos, mis miedos, mis metas, mis sueños y todo eso que me guía en un sendero tan contenido y ameno como el de la vida cotidiana dejarían de tener sentido y solo serían "un punto, suspendido en un rayo de luz".
Fotografía tomada por el Voyager I el 14 de febrero del 90' cuando escapaba del sistema solar. La Tierra, ese punto blanco que está a la derecha y al centro de la imagen, en un tenue haz naranja, alcanza 0.12 píxeles en la resolución de la foto que estás mirando (es el halo del brillo, la tierra sería mucho mas chica), sería ese lugar donde yo hubiera partido, si no me hubiera agarrado de esa hojita.

Que frágil que es la forma de percibir el mundo. Sin embargo, uno recae siempre en su propia naturaleza, casi como un artilugio momentáneo e inconsciente para escaparle a la inmensidad de todo lo que podría ser pero no es.

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